Fin de la Pobreza: Una realidad que no es tan lejana como parece.

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Las alianzas: esencia y soporte para alcanzar las metas de la Agenda 2030

(*) Por Nieves Dácil Hernández Lorenzo

El ODS 17, Alianza para el logro de los Objetivos, como está definido en su enunciado, es fundamental para alcanzar el resto de los objetivos del desarrollo sostenible. La naturaleza de la Agenda 2030, ambiciosa, horizontal y multidimensional, determina la imperiosa necesidad de establecer Alianzas que a su vez sean ambiciosas, sinérgicas y globales. Este reto de vinculación debe estar soportado en concretar metas que trascienden fronteras e intereses, en el entendido de que son el bienestar colectivo y la conservación del planeta, como un todo, las claves para alcanzar el Desarrollo Sostenible.

Los ejes focales de actuación en este ODS consideran: El fortalecimiento de la movilización de recursos hacia los países en desarrollo y menos desarrollados para mejorar sus capacidades, la sostenibilidad y reducción de su deuda externa y mayores niveles de Asistencia Oficial para el Desarrollo (AOD) por parte de los países desarrollados. La promoción e incremento de la cooperación, soportada en la ciencia, tecnología e innovación, con énfasis en el desarrollo y divulgación de tecnologías sostenibles, así como el mejoramiento de las tecnologías de información y las comunicaciones. La promoción de un comercio global basado en normas abiertas, no discriminatorias y equitativas. El aumento de estabilidad macroeconómica mundial para la erradicación de la pobreza.

La ONU, a través del documento The Sustainable Development Goals 2020, destaca la insuficiencia de los esfuerzos y recursos invertidos de cara a la complejidad de los desafíos y la imperiosa necesidad de incorporar cambios que viabilicen el compromiso de la Agenda con las generaciones actuales y futuras.

Como datos a resaltar presentados en el citado documento en relación al ODS 17, se reconoce el ascenso de los flujos netos de AOD y se señala el compromiso por parte de los países donantes de realizar esfuerzos para protegerlos contra los efectos de la pandemia de la Covid-19. Después de alcanzar máximos históricos, se espera un descenso drástico en la magnitud y flujos de remesas hacia los países de ingresos bajos y medianos. Así mismo, se proyecta una disminución del comercio mundial, con una tendencia a disociar las cadenas globales de valor, cambiando así la dinámica de la inversión extranjera. Hechos que afectarán de forma negativa la proporción de la deuda externa sobre los flujos de exportación de los países en desarrollo.

Como aspecto positivo se destaca el incrementado uso de la tecnología, a pesar de que la mitad de la población mundial aún no está conectada. Se señala que actualmente, 30% de los jóvenes son nativos digitales y que a su vez, un 90% de las personas que no usan internet en el mundo, habitan en países en desarrollo. Así mismo, se alerta sobre la necesidad de aumentar la fiabilidad de los datos como soporte esencial para la gestión del desarrollo y las limitaciones que en esta materia tienen de los países más pobres.

Sí, hemos avanzado, pero no al ritmo que demandan los desafíos de la Agenda 2030, ahora incrementados por los efectos de la pandemia. En este momento y ante esta situación, ¿qué podemos hacer? Recoger y compartir las lecciones aprendidas, apoyarnos en la potencia de la conectividad para dar el salto que acorte brechas entre países, comprometernos a todos los niveles y en todos los espacios, entendernos desde la convicción de que el centro del hacer son las personas y el planeta, relacionarnos con visión de futuro y acción de presente.

El ODS 17 nos llama con carácter imperativo a establecer conexiones en todos los ámbitos, partiendo desde lo local y cercano, generando sinergias que vayan conformando una masa crítica transformadora. Nos llama a conformar un Alianza Mundial inclusiva, que no admite rezagos, que se soporta en el compromiso de todos y a todos los niveles, que se constituye en el instrumento para alcanzar, con base en la justicia y la paz, la consolidación de un nuevo orden social, económico y ambiental global que asegure la permanencia del planeta y el bienestar de las presentes y futuras generaciones.

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(*) Nieves Dácil Hernández. Ingeniera en Recursos Naturales Renovables, especialista en gestión ambiental y desarrollo rural, asesora medioambiental, Líder Asociada en Vinculación y Sostenibilidad de Vitalis Iberoamérica.

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Paz, justicia e instituciones sólidas: un reto complejo.

(*) Por Roberto Beltrán Zambrano

¿Cómo promover sociedades justas, pacíficas e inclusivas? Sin duda, como todos los objetivos, éste representa un complejo reto en torno a personas e instituciones. La paz como concepto tiene diversas interpretaciones y acepciones, dependiendo de la cultura, de la ubicación geográfica y de una determinada realidad social, económica, cultural y ambiental. Desde la investigación para la paz, ésta es de varios tipos: positiva, negativa, neutra, imperfecta, ambiental y otras variantes, que para el caso, no son necesarias anotar.

El ODS 16 nos invita a reflexionar sobre iniciativas, acciones, estudios y propuestas en torno a fortalecer sistemas de justicia, instituciones estatales y organizaciones de la sociedad civil en respuesta a la violencia. La violencia como un fenómeno social afecta a personas y grupos sociales de todo tipo y se presenta desde diversas ópticas: directa, indirecta, cultural, estructural y simbólica. Por tanto el llamado es a trabajar juntos para poner en práctica soluciones duraderas que reduzcan esas violencias. Soluciones construidas desde diversos sectores. Soluciones adoptadas a cada situación y entorno económico y social.

Las metas del ODS 16 se enfocan a fortalecer los sistemas de justicia que permiten combatir eficazmente la corrupción y toda forma de violencia. En los actuales momentos la violencia y la injusticia en los diversos entornos sociales se ha incrementado por la presencia del narcotráfico y por el crecimiento de mafias de tráfico de personas y armas.

La inclusión, desde la perspectiva de este ODS, debe ser entendida como un ejercicio que impulse el cambio, la valoración, participación y respeto hacia las personas que viven en nuestro entorno pero que tienen diferente procedencia, o sean de diferente origen étnico, que tienen otra práctica religiosa o ninguna. Personas de diferente género, orientación sexual u opinión. Ese enfoque de inclusión es tan profundo, que debemos pensar en un modelo educativo que provoque un cambio en los hábitos que dan vida a la construcción de la paz, de la justicia y de las instituciones sólidas. Sobre estas últimas, resaltar el hecho de que serán sólidas la instituciones administradas e integradas por personas éticas. Regresamos entonces, a la importancia de reforzar la cultura de la legalidad y de sentirnos parte de la institución en la que prestamos nuestros servicios o que tenemos el honor de representar o dirigir. Será la práctica diaria ciudadana respecto del cumplimiento de las diversas normativas y condiciones sociales que permita un cambio duradero y a largo plazo.

Cuando la cultura de violencia se ha enraizado en nuestra sociedad y discriminamos a las personas por su origen, color de piel, profesión religiosa, orientación sexual u opinión política, necesitamos reflexionar en torno a diversos espacios y lugares donde esa violencia se institucionaliza: legislaciones, instituciones públicas o privadas, gobiernos, partidos políticos, organizaciones religiosas, asociaciones privadas, etc. Nuevamente, la presencia del ODS 16, nos convoca a esa reflexión y es allí donde cabe esa invitación a fortalecer las instituciones y sociedades de todo tipo, en torno a estas violencias e inequidades. ¿Cómo construir esa sociedades e instituciones desde una perspectiva inclusiva? ¿Qué implica la presencia de esas violencias en el entorno de nuestras sociedades? Podemos pensar en afectaciones a la salud mental y física, exclusión laboral o condiciones laborales inhumanas, desnutrición, imposibilidad de acceso digno a servicios de salud, seguridad, educación, justicia, entre otros.

Es para mí, un llamado a rediseñar esos modelos de Estado, esos modelos de servicio público y social, esas garantías para acceder a justicia, para sentir y comprobar que las instituciones al servicio de la sociedad respetan y promueven el respeto de la dignidad humana. No podemos ni debemos aceptar ninguna discriminación, peor aún la promoción de prácticas corruptas que nos lleven a obtener un servicio al cual tenemos derecho.

Finalmente, este ODS resalta la necesidad de trabajar no solamente el respeto, si no la garantía del respeto a las libertades. Libertad para expresar propias o ajenas opiniones, en todos los ámbitos existentes. Esa libertad nos debe permitir tener la capacidad de expresarnos en situaciones que tengan que ver con nuestro entorno, seguridad, desarrollo y vida. Y, que los sistemas judiciales y políticos puedan ser la garantía para que las controversias se resuelvan sin afectar elementales derechos humanos. Esto lo podremos comprobar a través de adecuados sistemas de auditoría de gestión y rendición de cuentas de instituciones públicas y privadas que tengan relación con este ODS.

La arquitectura social y jurídica que implica la implementación de este ODS, comporta la participación de todos los sectores y de las diversas ciencias que forman parte de la investigación para la paz y las ciencias sociales.

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(*) Roberto Beltrán Zambrano. Abogado, Doctor en Jurisprudencia y Doctor en Paz, Conflictos y Democracia. Académico ecuatoriano. Fue Titular de la Cátedra UNESCO de Cultura y Educación para la paz con sede en la Universidad Técnica Particular de Loja, Ecuador. Profesor de Gestión de Conflictos en Ecuador, Colombia y México.

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Los ecosistemas terrestres reclaman acciones inmediatas

(*) Por Ismael Hernández Valencia

La población mundial actual es de aproximadamente 7.900 millones de personas y las estimaciones más recientes de las Naciones Unidas indican que para el año 2025 será de 8.500 millones. El incremento poblacional ha aumentado paralelamente el “consumo humano” en términos energéticos, alimentarios y en general de productos y servicios, ya que se necesita intervenir ecosistemas silvestres para la expansión de las ciudades, desarrollos industriales y la agricultura, ante una población creciente, que demanda mejoras en su calidad de vida. Según Wild World Foundation, la humanidad viene consumiendo los recursos naturales a una tasa mayor de la capacidad que tienen los ecosistemas para reponerlos.

Esta situación es preocupante, porque la desaparición o alteración de los ecosistemas silvestres, atenta contra la supervivencia de especies de animales, vegetales y microorganismos, la calidad del aire, suelos y aguas, los bienes y los servicios que procuran los ecosistemas y en consecuencia la supervivencia de la propia humanidad. La degradación de la tierra afecta directamente a casi 75% de los pobres del mundo y los desastres naturales causados por la perturbación de los ecosistemas debido a la actividad humana y el cambio climático, cuestan más de 300.000 millones de dólares al año.

Los ecosistemas terrestres procuran alimentos, fibras, maderas, medicinas, minerales metálicos y no metálicos, agua, suelos para los cultivos, además regulan el clima, el ciclo hidrológico y de nutrientes, así como el almacenamiento de carbono en el suelo. La diversidad biológica y los servicios de los ecosistemas son la base para las estrategias de adaptación al cambio climático y la reducción del riesgo de desastres, ya que pueden proveer beneficios que aumentarán la resiliencia de las personas. Los ecosistemas terrestres son también importantes para la recreación, bienestar mental y fuentes de ingresos por actividades turísticas y deportivas. Adicionalmente, en muchas culturas, los paisajes naturales son patrimonio porque están estrechamente vinculados a valores espirituales, creencias religiosas y las enseñanzas tradicionales.

La Agenda de Desarrollo 2030 es un plan de acción en favor de las personas, el planeta y la prosperidad. Esta agenda contiene 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y sus 169 metas son de carácter integrado e indivisible, de alcance mundial y de aplicación universal, tienen en cuenta las diferentes realidades, capacidades y niveles de desarrollo de cada país y respetan sus políticas y prioridades nacionales.

Dentro de los 17 ODS, el objetivo 15 es la Vida en Ecosistemas Terrestres, el cual tiene como propósito proteger, restablecer y promover el uso sostenible de los ecosistemas terrestres, efectuar una ordenación sostenible de los bosques, luchar contra la desertificación, detener y revertir la degradación de las tierras y poner freno a la pérdida de la diversidad biológica. Para ello se deben disminuir, detener e incluso revertir las tendencias actuales de destruir o degradar los ecosistemas terrestres, lo que implica establecer un conjunto de acciones generales que podemos implementar, entre la que destacan:

1. Ordenar los patrones de usos de la tierra, estableciendo sistemas de producción sostenibles de acuerdo a las aptitudes y limitaciones de cada unidad de tierra o ecosistema.

2. Proteger los ecosistemas y especies frágiles, endémicas o de distribución restringida.

3. Restaurar o rehabilitar los ecosistemas terrestres degradados, especialmente aquellos cuyas especies se encuentren en situación de amenaza o procuren importantes servicios ambientales.

4. Incentivar la arborización urbana y la conservación de áreas verdes en las ciudades.

5. Promover el reciclaje, el reuso y la recuperación de materiales para reducir la extracción de recursos naturales y reducir la generación de desechos y la ocupación de espacios por éstos. En general, reducir el consumo y optar por servicios y productos que generen menor impacto ambiental.

6. Planificar la expansión física de las ciudades y comunidades sobre la base de las potencialidades y limitaciones físico-bióticas de los espacios disponibles, con criterios de preservación de los ecosistemas naturales.

7. Fomentar el estudio y la investigación científica.

Estas y otras acciones deben ser implementadas a la mayor brevedad. Son necesarios programas de educación ambiental dirigidos a todos los actores sociales, sensibilizando a las comunidades sobre la importancia de conservar nuestros ecosistemas y los riesgos a que estamos expuestos por su degradación o destrucción. No hay tiempo que perder. Ya las consecuencias de la gestión inadecuada de los recursos naturales ha puesto de manifiesto graves problemas ambientales que hoy nos aquejan.

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(*) Ismael Hernández. Profesor Investigador Titular del Instituto de Zoología y Ecología Tropical de la Universidad Central de Venezuela. Licenciado en Biología, Doctor en Ciencias. Investigador en el área de impactos ambientales de las actividades antrópicas y restauración de ecosistemas degradados.

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En el mar, todos vivimos aguas abajo de alguien más y todos bajo un mismo cielo

(*) Por José Ramón Delgado

El titulo de este artículo es el lema de la Fundación CaribeSur. Es una frase que refleja una característica muy particular
del medio oceánico, la de su fluidez sin fronteras, como todo medio acuático y que nos recuerda que todo esta conectado y que nosotros, los seres humanos estamos inmersos en ese todo.

Desde la primera gran conferencia ambiental, la Primera Cumbre de la Tierra de 1972, también conocida como Conferencia de Estocolmo, cada 10 años se han sucedido Conferencias Mundiales o Cumbres de la Tierra, reuniones multilaterales en el marco de la Organización de las Naciones Unidas – ONU, donde los gobiernos del mundo, revisan los compromisos acordados en la reunión anterior y actualizan los criterios conforme a los avances de la ciencia y la evolución de la consciencia humana. Una consciencia que ha tardado dos generaciones para alcanzar el punto en que estamos hoy.

En el año 2015 los Estados miembros de la ONU aprobaron la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, un plan de acción a favor de las personas y el planeta en el cual se introdujeron los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).
La Agenda 2030 es una continuación de los Objetivos de Desarrollo del Milenio 2000-2015, los cuales fueron en su momento la primera aproximación internacional para afrontar problemas globales como la erradicación de la pobreza extrema y el hambre o la mejora en el acceso a la educación. Aunque las metas no se cumplieron totalmente, sí
favorecieron importantes avances que, se extendieron a través de la Agenda 2030 y sus respectivos ODS.

Los 17 ODS están integrados, reconociendo que la acción en un área afectará los resultados en otras áreas y que el desarrollo debe equilibrar la sostenibilidad social, económica y ambiental. La creatividad, el conocimiento, la tecnología y los recursos financieros de toda la sociedad son necesarios para alcanzar los ODS en todos los
contextos. Y aunque algunos indicadores arrojan cifras alentadoras, la verdad es que la humanidad como grupo se encuentra muy lejos de poder alcanzar una meta tan ambiciosa sin que alguien se quede atrás. Pero tenemos que intentarlo.


El ODS 14, Vida Submarina, busca proteger los ecosistemas marinos y costeros, que se encuentran amenazados debido a la actividad humana, pues la vida submarina se considera clave para un crecimiento inclusivo y sostenible. El océano y los mares están estrechamente relacionados con nuestra supervivencia. Son fuente de alimentos, medicinas,
combustibles y proporcionan importantes servicios ecosistémicos, además de ser vía fundamental para el comercio.

El aumento de las emisiones de carbono de las últimas décadas ha generado, además del incremento del nivel del mar, una acumulación de calor en el océano y un aumento de su acidificación que impacta la biosfera marina, pone en peligro la seguridad alimentaria afectando la pesca y la acuicultura. La contaminación, la destrucción del hábitat y la
sobreexplotación de los recursos oceánicos contribuyen también a agravar la disponibilidad de los recursos marinos y costeros.

El ODS 14 busca conservar y utilizar de forma sostenible el espacio oceánico y los recursos marinos, reduciendo la contaminación marina y la acidificación del océano, poniendo fin a prácticas insostenibles e ilegales de pesca, promoviendo la investigación científica en materia de tecnología marina, fomentando el desarrollo sostenible de los pequeños estados insulares y mejorando la calidad de vida de los pescadores artesanales.

La pandemia ha puesto en evidencia la fragilidad de nuestra sociedad ante amenazas de carácter global y la importancia de escuchar a los científicos, que llevan tiempo advirtiendo de riesgos como el que supone el cambio climático.

Para cumplir el ODS 14 todos debemos participar. Las empresas juegan un rol clave en la reducción de emisiones de carbono y la contaminación, promoviendo prácticas sostenibles y ajustando sus actuaciones para reducir el impacto sobre el océano como consecuencia de las actividades realizadas en tierra firme y de la navegación.
Para garantizar un ambiente marino saludable no solo es necesario que el sector privado continúe innovando e invirtiendo en nuevas soluciones que nos beneficien a todos, también es muy importante la participación de las universidades e instituciones de investigación científica y desarrollo tecnológico. Las inversiones en educación superior e investigación marina deben pasar a tener un papel más preponderante en nuestra sociedad, si es que aspiramos cumplir con el ODS 14.

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(*) Oceanólogo, docente universitario, miembro de la Comisión Mundial de Áreas Protegidas de la Unión Internacional para Conservación de la Naturaleza-UICN. Coordinador experto en Programas de Conservación de Áreas Marino Costeras. Es miembro fundador y actualmente Director Ejecutivo de la ONG Fundación Caribe Sur. @CaribeSurOrg

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Rol de los mares y océanos en el desarrollo sustentable

(*) Por Diego Díaz Martín

Preservar y conservar los mares y océanos, son clave para promover el uso a perpetuidad de sus recursos marinos. Solo una apropiada gestión, podrá garantizar que tanto la presente generación como las futuras, puedan seguir disfrutando de sus innumerables beneficios, clave de los compromisos establecidos en el objetivo de desarrollo sustentable número 14, de la Agenda 2030 de las Naciones Unidas.

Los mares y océanos cubren un poco más del 70% del planeta, proveen el 97% del total de sus recursos hídricos y albergan alrededor de 95% de la vida silvestre y acuática de la Tierra.

Más de 40% de la población mundial vive a menos de 100 kilómetros del la línea marino-costera, y las economías y modelos de desarrollo de alrededor de 150 naciones costeras e insulares, dependen de los mares para poder subsistir.

No obstante, los 57 mares y 5 océanos del mundo, repartidos a lo largo de los 5 continentes, enfrentan distintas amenazas y niveles de deterioro, lo cual pone en riesgo algunos de sus principales beneficios, entre los que destacan la provisión de 70% del oxígeno que requiere el planeta, el suministro de más de 150 millones de toneladas de alimentos anualmente y la regulación climática, por citar solo algunos.

En términos económicos, los mares y océanos aportan más de 60% del producto nacional bruto (PNB) mundial, y constituyen medios extraordinarios para el comercio mundial, además de constituirse en uno de los atractivos recreativos y turísticos por excelencia en todo el planeta.

Por todo lo anterior, las Naciones Unidas definieron 7 metas para el objetivo 14, entre las que se incluyen:

  • La prevención y reducción significativa de la contaminación marina de todo tipo.
  • La gestión y protección sostenible de los ecosistemas marinos y costeros para evitar efectos adversos importantes, incluso fortaleciendo su resiliencia.
  • La minimización de los efectos de la acidificación de los océanos.
  • La reglamentación del aprovechamiento pesquero, y el fin de la pesca excesiva, ilegal, no declarada y no reglamentada, incluyendo las prácticas pesqueras destructivas.
  • La conservación de al menos 10% de las zonas costeras y marinas, de conformidad con las leyes nacionales y el derecho internacional
  • La prohibición de ciertas formas de subvenciones a la pesca que contribuyen a la sobrecapacidad y la pesca excesiva.
  • El aumento de los beneficios económicos que los pequeños Estados insulares en desarrollo y los países menos adelantados otienen del uso sostenible de los recursos marinos, en particular mediante la gestión sostenible de la pesca, la acuicultura y el turismo.

Para el logro de estas metas, es vital no solo incrementar y socializar los conocimientos científicos que permitan conocer y valorar de forma apropiada a los mares y océanos, y sus recursos naturales. También es importante facilitar el acceso de los pescadores artesanales a los recursos marinos y los mercados.

Asimismo, es clave mejorar la conservación y el uso sostenible de los océanos y sus recursos aplicando el derecho internacional reflejado en la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, que constituye el marco jurídico para la conservación y la utilización sostenible de los océanos y sus recursos. Para ello, debemos incrementar los esfuerzos de divulgación de la normatividad, profundizar en su análisis y comprensión y fortalecer su cumplimiento, con sólidos mecanismos civiles e institucionales, para garantizar su implementación.

De igual forma, es importante que los consumidores, adoptemos nuevos hábitos que privilegien el uso de certificaciones independientes para asegurar el consumo de alimentos marinos que provengan de sistemas sostenibles, así como impulsar la adopción de políticas nacionales debidamente articuladas con otros países vecinos, a fin de lograr un mayor impacto en las acciones de conservación internacional.

Finalmente, la adopción y desarrollo de mecanismos de control de la contaminación de los mares y océanos, implica políticas y leyes más estrictas, en donde no solo prele el principio del que contamina paga, sino también, del que deteriora revierte y restaura, a fin de corregir aquellas acciones que han llevado a algunos mares y océanos, a estar muy cerca de sus niveles de no retorno en su deterioro.

El rol de los mares y océanos en el desarrollo sustentable es indiscutible. En nuestras manos está resaltarlo ante los distintos actores de la sociedad, exigiendo su conservación a perpetuidad.

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(*) Diego Díaz Martín. Biólogo, Master en Gerencia Ambiental y Doctor en Ingeniería. Profesor universitario con más de 30 años de experiencia académica y de investigación en las ciencias ambientales. Fundador de Vitalis.

Concept of environmental conservation in the garden for children.

Medio siglo de patrimonio mundial

Por Alberto Blanco-Uribe Quintero (*)

1972 fue un año prometedor frente al compromiso internacional e intergeneracional en pro de la conservación y la gestión racional del ambiente y del patrimonio cultural y natural.

No sólo se aprobó la Declaración de Estocolmo sobre el Medio Ambiente Humano de la Asamblea General de la ONU, reconociendo el derecho humano al ambiente y se creó el Programa de las Naciones Unidas para el Ambiente (PNUMA), entre otros textos pertinentes de interés global, sino que se firmó en París, Francia, el 21 de noviembre de 1972, en el marco de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), la trascendental Convención sobre la Protección del Patrimonio Mundial, Cultural y Natural.

Se trata de un tratado internacional que concreta un eficiente sistema de cooperación internacional para la salvaguarda del patrimonio cultural y natural, considerando que el deterioro o la pérdida de un elemento patrimonial constituye un empobrecimiento nefasto del patrimonio de la humanidad.

Este mecanismo está reservado a bienes patrimoniales materiales que a juicio del Comité de Patrimonio Mundial de la UNESCO y, a propuesta del Estado en cuyo territorio se sitúen, revistan un valor universal excepcional, en lo cultural y/o en lo natural, siendo inscritos en la Lista del Patrimonio Mundial, pudiendo aspirar a financiamiento del Fondo del Patrimonio Mundial.

Por otra parte, la Convención no reconoce explícitamente el derecho humano al patrimonio de la humanidad, pero los intérpretes han sido contestes acerca de su reconocimiento implícito, al establecer como contrapartida la obligación de los Estados de identificar, proteger, conservar, revalorizar, rehabilitar y asegurar el acceso a las generaciones presentes, y transmitir a las futuras, el patrimonio cultural y natural. Y resulta de suyo importantísimo destacar que se estima que de esta Convención, de la Declaración de Estocolmo y de cuantiosos posteriores desarrollos académicos, normativos y jurisprudenciales, deriva indirecta pero efectivamente el derecho humano al patrimonio cultural y natural, sea éste de carácter nacional, regional o local, e incluso nada excepcional pero significativo desde la perspectiva del derecho a la identidad cultural, y por tanto no inscrito en la Lista, con las mismas obligaciones para los Estados.

El derecho al patrimonio integra el derecho a tomar parte (o a participar) en la vida cultural de la comunidad, previsto en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y en el Pacto Internacional de los Derechos Económicos Sociales y Culturales, derecho que se suma a los derechos culturales, junto a los derechos a la educación patrimonial y al acceso a la información patrimonial, también contenidos en la Convención.

Festejamos entonces el 50 aniversario de la Convención de París, que invita al respeto de la diversidad cultural y de la biodiversidad en pro de la paz.

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(*) Colaborador de Vitalis y de la Cátedra UNESCO Fórum Universidad y Patrimonio Cultural. Coordinador del Observatorio Iberoamericano de Derecho Ambiental, Patrimonio Cultural y Paisaje de la Asociación Juristas de Iberoamérica. Consultor de RWYC International. https://www.linkedin.com/in/alberto-blanco-uribe-b004329/

Cambio Climatico 2 caras

Un momento clave para la acción por el clima.

(*) Por Beatriz Olivo Chacín

En 1988 la ONU creó el Grupo Intergubernamental de Expertos en Cambio Climático (IPCC) para evaluar los conocimientos científicos y técnicos relativos al cambio climático y facilitar a los dirigentes políticos evaluaciones periódicas, sus implicaciones y riesgos a fin de proponer estrategias de adaptación y mitigación.

En la Cumbre de la Tierra (Río de Janeiro, 1992) se suscribió la Convención Marco sobre Cambio Climático con el objetivo de lograr la estabilización de las concentraciones de gases de efecto invernadero. A partir de esa fecha se han realizado 26 Conferencias de las Partes (COP), la última de ellas en 2021 en Glasgow, Escocia (COP-26).

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), adoptados por la ONU en 2015, son el plan maestro para conseguir un futuro sostenible para todos. Estos ODS requieren gran voluntad política y una acción ambiciosa de todas las partes involucradas. Sin embargo, como se reconoció en la COP-26, los esfuerzos realizados hasta la fecha han sido insuficientes.

De los 17 ODS, el 13 insta a adoptar medidas urgentes para combatir el cambio climático y sus efectos, tanto la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero como la adaptación al cambio climático. Las metas del ODS 13 son:

1) Fortalecer la resiliencia y la capacidad de adaptación a los riesgos relacionados con el clima y los desastres naturales.

2) Incorporar medidas relativas al cambio climático en las políticas, estrategias y planes nacionales.

3) Mejorar la educación, sensibilización y capacidad humana e institucional respecto de la mitigación del cambio climático, la adaptación a él, la reducción de sus efectos y la alerta temprana.

4) Cumplir el compromiso de los países desarrollados para atender las necesidades de los países en desarrollo, y poner en funcionamiento el Fondo Verde para el Clima.

5) Promover mecanismos para aumentar la capacidad para la planificación y gestión eficaces en los países menos desarrollados y los pequeños Estados insulares.

El informe del IPCC sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2021, publicado por la ONU, advierte que los seres humanos y la naturaleza están siendo empujados más allá de su capacidad de adaptación. Muchos de los impactos del calentamiento global ya son irreversibles. Además de los impactos en la salud física, por primera vez el informe afirma que el cambio climático puede estar agravando los problemas de salud mental, incluidos el estrés y el trauma relacionados con los fenómenos meteorológicos extremos y la pérdida de medios de subsistencia y cultura. El Secretario General de la ONU describió este informe como un “atlas del sufrimiento humano”.

A pesar de la desaceleración económica debida a la pandemia, la crisis climática continúa sin grandes variaciones. La reducción temporal de las actividades humanas provocó un descenso de las emisiones. Sin embargo, las concentraciones de gases de efecto invernadero continuaron aumentando en 2020 y alcanzaron nuevos picos históricos.

La COP-26 emitió un documento final que muestra algunos avances. Aunque no es legalmente vinculante, se espera que establezca una agenda global contra el cambio climático para la próxima década. Se destaca la mención sin precedentes de que el carbón es la principal fuente del calentamiento global y existe un compromiso para reducir su uso porque es el responsable de cerca del 40% de las emisiones de CO2 cada año. Estos resultados de Glasgow son los mejores desde la COP-21 de París.

De los resultados de esta COP-26, a la cual asistieron cerca de 200 países y 120 jefes de Estado, más el último informe del IPCC, se desprenden algunas reflexiones:

1) Los gobiernos, y en general las sociedades de los países del mundo, no han logrado dar una respuesta significativa y convincente a la amenaza del cambio climático.

2) Además de las dificultades tecnológicas, se aprecia una falta de voluntad política de parte de los Estados para encarar este problema.

También en la COP-26 se llegaron a acuerdos en las siguientes áreas: aumento de los compromisos de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, financiamiento, regulación de los mercados de carbono, ayuda para la adaptación y procedimientos de revisión de las contribuciones de los países.

Así pues, se deben adoptar medidas decisivas para que las economías se orienten hacia la neutralidad del carbono. De lo contrario las emisiones de gases de efecto invernadero continuaran aumentando, por lo que deben estar respaldadas por un apoyo financiero cada vez mayor.

La respuesta colectiva a la pandemia de la COVID-19 puede servir como ejemplo en la prevención de una crisis aún mayor. Los gobiernos y las empresas deberían aprovechar las lecciones aprendidas para acelerar las transiciones necesarias para construir un mundo más sano, equitativo y resiliente. Es la oportunidad para que los países reevalúen sus prioridades y lleven a cabo un cambio sistémico hacia una economía más sostenible.

No basta con tener soluciones tecnológicas, marcos jurídicos y estrategias políticas. Es imprescindible tener voluntad y capacidad de aplicar todo esto. Este es un momento clave.

(*) Beatriz Olivo Chacín. Licenciada en Geografía. MSc Planificación del Desarrollo Regional y Urbano. Consultor ambiental independiente. Instructor Certificado en Gestión y Evaluación Ambiental de Proyectos de Inversión para América Latina (BID).

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Importancia de las mujeres en la población

(*) Por María José Santisteban

De acuerdo con estudios estadísticos realizados en los últimos años, actualmente hay 7.700 millones de habitantes en todo el mundo, de los cuales, la mayor parte habitan en China e India abarcando un total de 61% de la población total. Asimismo, se calcula que la tasa de crecimiento de la población mundial es de 83 millones de personas, por lo que se espera que en el 2030 se llegue a 8.600 millones de personas

El 49.7% de la sociedad mundial está formada por mujeres y durante la historia han sido parte fundamental del funcionamiento de los países y comunidades. Gracias a la educación, movimientos sociales y cultura, poco a poco la mujer se está encaminando a una mayor libertad, independencia y equidad en el mundo.

En un sentido literal las mujeres han sido las que engendran a las siguientes generaciones, pero actualmente se estima que habrá una reducción de la fertilidad de la mujer que va a impedir el crecimiento poblacional de todo el mundo y, como consecuencia, se tendrá un envejecimiento de la población. Es importante notar que el crecimiento poblacional no sólo es afectado por la reducción de la fertilidad, también últimamente menos parejas deciden tener hijos, hay mayor planificación familiar y las familias son menos numerosas. 

Por otro lado, bien es conocido que el COVID-19 trajo consecuencias en el ámbito de la salud, en la economía, en el medio ambiente, en la cotidianidad, las formas de vivir y relacionarnos. Queremos enfatizar y dirigir la plática a los impactos generados en torno  a la mujer en México, uno de los sectores de la sociedad más vulnerable:

  • En el sector de la salud, especialmente en enfermería, hay más mujeres que logran soportar el trabajo en los hospitales y en los centros de salud. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo de 2021, éstas representan el 79% de la población y los hombres el 21%. De acuerdo con El Financiero (2022), por cada 100 pesos mexicanos que gana un hombre, las mujeres perciben 73. 
  • Las mujeres dedican más tiempo al cuidado de sus hijos y al de los adultos mayores. Durante la pandemia, muchas de ellas han dejado sus labores o redujeron sus jornadas laborales, que de acuerdo con El País (2021), 7 de cada 10 desempleados por la pandemia, en México, son mujeres. 
  • En México, el 66.1% de mujeres de 18 años o más han sido víctimas de actos de violencia. Pero a raíz de la pandemia, los casos de violencia doméstica contra la mujer han aumentado significativamente (Expansión, 2022).  

En conclusión, la población va en aumento y el mayor problema al que se enfrenta es que no existe una igualdad de oportunidades y equidad. Es importante invertir en sociedades inclusivas, equitativas con derechos humanos y oportunidades de desarrollo.

Como se mencionó anteriormente, la mujer es una pieza clave de la sociedad que conforme pasa el tiempo se enfrenta a situaciones diversas y nuevos retos como el Covid-19. Está en decisiones diarias y un conjunto de pequeños esfuerzos por parte de todos, la oportunidad de exigir, impulsar y crear nuevas oportunidades y mejores condiciones de equidad para este gran porcentaje de población.

Te invitamos a reflexionar en tu día a día, ¿tus acciones, comentarios y actitudes aportan e impulsan la equidad hacía las mujeres?

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(*) María José Santisteban. Ingeniera Industrial de la Universidad de Anáhuac, México con Diplomado en Tecnología para los Negocios y en Liderazgo Empresarial. linkedin.com/in/maria-jose-santisteban

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Consumo y producción sostenibles. Hacia el ODS 12

(*) Por María Soledad Tapia

Independientemente del grado de desarrollo de los países, este ODS transversal, persigue cambios estructurales y la transición hacia modelos económicos y patrones de producción y consumo sostenibles, buscando orientar la demanda y la oferta hacia productos y servicios con menor impacto ambiental.

Sus metas son:

  • Planes de consumo y producción responsable.
  • Uso eficiente de recursos naturales.
  • Reducción de pérdidas y desperdicios de alimentos.
  • Gestión de desechos y productos químicos.
  • Prevención, reducción, reciclado y reutilización de desechos.
  • Empresas con prácticas sostenibles e informes con el componente de sostenibilidad incluido.
  • Adquisiciones públicas sostenibles.
  • Educación mundial para el desarrollo sostenible y estilos de vida en armonía con la naturaleza.
  • Ciencia y tecnología para la sostenibilidad.
  • Turismo sostenible.
  • Regulación de subsidios a combustibles fósiles.

Para lograr modalidades de consumo y producción sostenible para 10 mil millones de personas en 2030, es inaplazable redefinir los sistemas alimentarios para reducir su huella ecológica: no usar tierra adicional, salvaguardar la biodiversidad, reducir y administrar el consumo de agua, gestionar ecológicamente los químicos y la contaminación por nitrógeno y fósforo, reducir los gases de efecto invernadero (GEI) emitidos, minimizar las pérdidas y desperdicios de alimentos (PDA), implementar prácticas sostenibles de transformación, comercialización, servicios de alimentos y hogares, además del acceso universal a información sobre estilos de vida saludables, con seguridad alimentaria plena, en armonía con la naturaleza.

La Meta 12.3 “De aquí a 2030, debe reducirse a la mitad el desperdicio de alimentos per cápita mundial en la venta al por menor y a nivel de los consumidores y reducir las pérdidas de alimentos en las cadenas de producción y suministro, incluidas las pérdidas posteriores a la cosecha”, comprende las pérdidas y el desperdicio, medidos por dos indicadores distintos.

Pérdida es la disminución de la cantidad o calidad de los alimentos debido a las decisiones y acciones de proveedores en la cadena alimentaria desde la producción al transporte, antes de llegar al comercio minorista: alimentos descartados, incinerados o desechados, desde la cosecha/sacrificio/captura hasta el nivel minorista, sin incluirlo, que no ingresan nuevamente en ninguna otra utilización productiva como alimento o semilla. La FAO (2019) estimó el Índice de Pérdida de Alimentos (Food Loss Index) en 14%. El desperdicio de alimentos es la disminución en su cantidad o calidad, debido a las decisiones y acciones de los minoristas, proveedores de servicios alimentarios y consumidores.

En abril 2021, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y la Organización Británica sobre Residuos WRAP (Waste and Resources Action Programme), publicaron el Índice de Desperdicio de Alimentos (Food Waste Index): 17% de la producción mundial de alimentos terminó en la basura. En cifras es aterrador. En 2019, 931 millones de toneladas de alimentos fueron desperdiciados: 61% en hogares, 26% en servicios alimentarios y 3% en comercios como supermercados o mercaditos.

Recientemente, el Fondo Mundial para la Naturaleza con Supermercados Tesco, publicaron un informe que cuantifica los alimentos perdidos en granjas/campo: aproximadamente 1.200 millones de toneladas. Se utilizan 4.4 millones de km2 de tierras agrícolas y 760 km3 de agua para producir 1200 millones de toneladas de alimentos perdidos antes, durante y después de la cosecha o desviados hacia otros usos, como alimentación animal y biocombustible.

La suma de todo lo anterior es de 2.500 millones de toneladas de alimentos que se dejan de consumir anualmente en todo el mundo por pérdida o desperdicio. En términos de seguridad alimentaria, el problema de las PDA es dramático. La humanidad malbarata una de cada tres calorías producidas, suficientes para alimentar a tres mil millones de personas.

Es esencial educar y sensibilizar acerca de que los alimentos que nunca se consumen pues representan el dispendio de los recursos usados para su producción: la tierra, la biodiversidad y los ecosistemas afectados por el cultivo, cría o pesca, el trabajo del agricultor, del ganadero, del pescador, el transporte, su esfuerzo. Los consumidores no pueden influir en las decisiones y acciones de algunos actores de la cadena de suministro, por ejemplo: suplir diésel en una crisis nacional de combustible o impedir los problemas eléctricos y sus efectos en la cadena del frío, pero sí pueden sensibilizarse con respecto a los desperdicios que generan.

Otro aspecto esencial, según FAO, es recuperar y redistribuir los alimentos –también denominado rescate o donación de alimentos–, así como la rebusca. Se podrían adquirir a precios reducidos y comercializarlos en nuevas cadenas de valor que incluyan la distribución de rubros que de otro modo se perderían/desperdiciarían, a personas en inseguridad alimentaria.

Los programas de recuperación/redistribución como bancos de alimentos, comedores sociales o programas escolares de alimentación y nutrición, desempeñan un papel cada vez más importante, no solo como soluciones contra las PDA sino para promover el derecho a la alimentación.

Una buena idea es desarrollar aplicaciones (apps) que contacten las ofertas (alimentos con fecha de caducidad cercana, comidas que no despacharán los restaurantes, cosechas retenidas, etc.) con las demandas: organizaciones que combaten el hambre, usuarios comunes, etc. Cosas para pensar.

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(*) María Soledad Tapia. Bióloga, Master of Science y Doctora en Ciencias. Profesora Titular Jubilada Instituto de Ciencia y Tecnología de Alimentos, Facultad de Ciencias, Universidad Central de Venezuela. Creadora de la Fundación “5 al día Venezuela”. Miembro Correspondiente de la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales de Venezuela.

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