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Por Antonio Damián Franyutti León*

La corrupción es un delito universal que mina la credibilidad de un Estado y sus Instituciones, reduciendo su potencial para hacer valer los derechos humanos fundamentales como educación, salud, vivienda, cobertura de servicios básicos, entre otros.  Es un mecanismo perverso a través del cual los bienes públicos se convierten en privados.

Desde la perspectiva ambiental, la corrupción no es inocua. Suele ser evidente al tratar de imponer u ocultar los impactos asociados a proyectos de explotación de recursos naturales en áreas sensibles, destruyendo el capital natural de las futuras generaciones.

Existen diferentes niveles de corrupción, desde aquellos actos cometidos en las altas esferas del Gobierno, que manipulan y distorsionan los mecanismos de asignación de recursos, hasta el abuso cotidiano del poder por los funcionarios públicos que interactúan con la ciudadanía.

Sería erróneo limitarnos a pensar que estos mecanismos sólo se pueden circunscribir a cuestiones tangibles. Aprovecharse políticamente de los sentimientos y necesidades insatisfechas de la sociedad en busca de ambiciones personales manifiestas a través de propuestas de carácter populista, es también una forma de corrupción.

La Convención de Naciones Unidas contra la Corrupción, establece que cada Estado podrá tomar las medidas necesarias para investigar, enjuiciar y sancionar la corrupción y sus delitos asociados como lavado de dinero, obstrucción de la justicia, tráfico de influencias, soborno, malversación u otras formas de desviación de bienes. El hecho de que un Estado actúe negligentemente frente a la corrupción, transmitirá una percepción errónea de que estas conductas son permitidas o quedan impunes, convirtiéndola en un acto cotidiano para la sociedad.

De igual forma, esta Convención contra la Corrupción fomenta la participación activa de la sociedad civil y de las organizaciones no gubernamentales, en la prevención y lucha contra la corrupción, con el fin de sensibilizar a la opinión pública con respecto a la existencia, causas, gravedad y amenaza que ésta representa.

Contrario a lo que se pueda pensar, la corrupción no es un problema genético al que nos encontramos predispuestos; que se manifieste en mayor o menor grado, dependerá de la integridad del individuo y de que tan fuertes se encuentren las instituciones de Gobierno.

La integridad y la transparencia, son valores asociados a entereza moral, rectitud y honradez en conducta y comportamiento: una persona íntegra es alguien en quien se puede confiar y un Estado transparente es aquel que comunica lo que hace.

 

*Ingeniero Químico, estudios de postgrado en Ingeniería Ambiental. Especialista ambiental en Petróleos Mexicanos y Profesor de Ingeniería Ambiental en la Universidad Tecnológica de México.

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