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No todo está perdido: las victorias ambientales que dejó 2025

(*) por Diego Díaz Martín

Quienes llevamos muchos años trabajando por el ambiente sabemos que 2025 no fue un año fácil. La crisis climática siguió apretando, la biodiversidad continuó perdiendo terreno y los recursos naturales estuvieron, una vez más, bajo presión. Por supuesto, hubo momentos de cansancio, de frustración y de preguntas incómodas.

Pero también hubo algo distinto, pequeñas y grandes señales de que el esfuerzo empieza a valer la pena.

Estas son algunas de las victorias ambientales que dejó 2025 y que, al menos a mí, me recuerdan por qué seguimos aquí.

La energía empezó a cambiar de verdad

Durante años hablamos de la transición energética como una promesa. En 2025, por primera vez, las energías renovables superaron al carbón en la generación eléctrica mundial, lo cual o es el final del problema, pero sí un punto de inflexión que muchos pensábamos que tardaría más en llegar.

En lugares como el Reino Unido, la generación eólica pasó a ser la principal fuente de electricidad y el carbón quedó casi fuera del sistema. Ver infraestructuras de almacenamiento energético funcionando, y países ajustando sus metas climáticas con mayor seriedad, dejó claro que el cambio ya no es solo discurso.

Los océanos dejaron de ser tierra de nadie

Otro momento clave del año fue el avance del Tratado Global de los Océanos, pues tras años de negociación, por fin se alcanzaron las ratificaciones necesarias para que entre en vigor.

Esto significa algo enorme: por primera vez podremos proteger zonas del océano que no pertenecen a ningún país, pero de las que depende la vida marina y, en buena medida, la nuestra. No es exagerado decir que este acuerdo marca un antes y un después en la forma en que entendemos la protección del mar.

Más tierra protegida y mejor conectada

En tierra firme también llegaron buenas noticias. Colombia dio un paso contundente al declarar toda su Amazonia como reserva de recursos naturales, cerrando la puerta a nuevos proyectos petroleros y mineros en casi la mitad de su territorio. No es poca cosa en un mundo que sigue apostando por la extracción.

En Asia Central, Kirguistán creó un enorme corredor ecológico que conecta áreas protegidas y permite que los ecosistemas de montaña respiren un poco mejor. En otros rincones del planeta, se ampliaron áreas protegidas y se reforzaron corredores biológicos que llevaban años en papel.

La naturaleza responde cuando la dejamos hacerlo

Una de las lecciones más antiguas del ambientalismo volvió a confirmarse en 2025: cuando bajamos la presión, la naturaleza responde.

La restauración de manglares, la protección de hábitats marinos y los proyectos comunitarios en zonas costeras empezaron a mostrar resultados reales. En Europa, por ejemplo, iniciativas como LIFE Lynx siguieron demostrando que es posible recuperar grandes mamíferos y reconectar paisajes fragmentados, mientras que tanto en América como en Europa los pasos de fauna y la gestión forestal redujeron atropellos y fortalecieron bosques y cuencas.

No son milagros. Son años de trabajo constante dando frutos.

Respirar mejor empezó a ser una prioridad global

Por primera vez, el G20 habló explícitamente de calidad del aire como un tema central. Puede parecer obvio, pero no lo es, ya durante demasiado tiempo se trató como un problema secundario.

En paralelo, la Asamblea Mundial de la Salud respaldó una hoja de ruta ambiciosa para reducir a la mitad las muertes prematuras por contaminación del aire hacia 2040. Algunos países incluso adelantaron sus compromisos para cumplir antes con los estándares más estrictos de la OMS. Respirar aire limpio empezó, por fin, a tomarse en serio.

Derechos y ambiente: un vínculo cada vez más claro

Otro avance silencioso, pero importante, fue el fortalecimiento del vínculo entre derechos humanos y conservación. Creció el apoyo a la gestión indígena de territorios clave, especialmente en la Amazonia y el Ártico, reconociendo algo que las comunidades llevan siglos diciendo: cuidar la naturaleza también es cuidar a las personas.

Además, más financiamiento climático empezó a integrar salud y calidad del aire, entendiendo que la acción ambiental no es solo ecológica, sino profundamente social.

Nada de esto resuelve la crisis ambiental por sí solo,ería ingenuo pensarlo. Sin embargo, después de tantos años viendo retrocesos, 2025 dejó señales claras de que cuando hay voluntad, cooperación y constancia, las cosas sí pueden cambiar.

No todo está perdido. Y eso, para quienes llevamos tiempo en esto, ya es una victoria que vale la pena contar.

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Después de la COP30: ¿Renovación del Acuerdo de París o estancamiento?

Por Antonio Veiga (*)

Con la COP30 concluida en la Amazonía, cuyo foco previo estaba en el trayecto de la COP21 a la COP29, se hace necesario plantearse una nueva pregunta: ¿el Acuerdo de París se refuerza o se debilita?

La respuesta es matizada. Belém deja avances en financiación para la adaptación, en la conservación de bosques y la visibilidad de los pueblos indígenas, así como un énfasis renovado en la transición justa. Pero también evidencia la distancia entre lo que la ciencia exige y lo que la política se atreve a acordar.

1. Nueva arquitectura financiera

La COP30 trató de reordenar el mapa del dinero climático. Los países acordaron triplicar la financiación para la adaptación, pero los informes de Naciones Unidas estiman que los países en desarrollo requerirán más del doble de esa cifra. El esfuerzo comprometido sigue por debajo de la mitad de lo necesario para proteger a las poblaciones vulnerables.

En pérdidas y daños se revisó el Mecanismo Internacional de Varsovia y se reforzó el vínculo con la Red de Santiago y el Fondo de Pérdidas y Daños. La arquitectura para conocer, asistir y financiar está más clara, aunque los montos continúan siendo modestos frente a los impactos que ya se registran.

2. Amazonía, bosques y pueblos indígenas

Brasil logró que la COP30 girara en torno a los bosques tropicales. En Belém se lanzó el Tropical Forests Forever Facility (TFFF), mecanismo destinado a ofrecer financiación a países que conserven sus bosques. Aspira a funcionar como un gran fondo climático, destinando una parte relevante de sus desembolsos a territorios indígenas y comunidades locales.

La conservación de bosques empieza a tratarse como un servicio global sujeto a pagos estables. La cumbre dio mayor visibilidad a pueblos indígenas y comunidades tradicionales, reforzando la idea de que la demarcación de territorios y el reconocimiento de derechos constituyen políticas climáticas tan relevantes como las inversiones en energías renovables.

3. Giro social del clima y grandes ausencias

La COP30 también impulsó un Mecanismo de Transición Justa orientado a que la transformación de los modelos energéticos y productivos garantice empleo decente, protección de comunidades dependientes de actividades intensivas en carbono, igualdad de género y derechos de pueblos indígenas. Paralelamente se avanzó en el Objetivo Global de Adaptación con indicadores voluntarios para medir resiliencia y reducción de vulnerabilidades.

Las grandes ausencias se ubican en la mitigación. El texto final no incorpora una hoja de ruta vinculante para abandonar los combustibles fósiles ni un plan firme para la deforestación cero en 2030. El Acuerdo de París permanece como referencia central, pero cada vez más como mínimo denominador político, mientras la ambición se desplaza hacia tribunales, bancos de desarrollo, empresas y coaliciones dispuestas a ir más lejos.

Belém no cierra el ciclo abierto en 2015, pero lo redefine: el éxito del Acuerdo de Paris dependerá de que estos marcos se traduzcan en cambios concretos en territorios, presupuestos y estilos de vida.

Relacionado con este tema puede interesarle revisar también el artículo “A una década del Acuerdo de París: Avances, retrocesos y lo que viene en la Cop30

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(*) Doctor en Educación Ambiental, consultor en sostenibilidad y calidad educativa, especialista en rankings universitarios y análisis de datos. Colaborador de Vitalis. www.linkedin.com/in/drantonioveiga

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Empresas bajo la lupa: Vitalis revela nueve indicadores que definen la verdadera responsabilidad ambiental y social

Comité Editorial Vitalis

Al cierre del año 2025 el sector empresarial venezolano presenta sus informes de gestión, evaluando sus logros y proponiendo sus metas para el 2026; sin embargo, muy pocas realizan un estudio profundo sobre la efectividad de sus planes de responsabilidad con el ambiente y la sociedad.

El pasado mes de noviembre la cúpula empresarial venezolana y ONU-Venezuela realizaron un diagnóstico sobre el tema de la sostenibilidad en el que participaron 100 empresas. Ese estudio arrojó como resultado que un 70% de las empresas consultadas cuentan o están considerando una estrategia de sostenibilidad; un 50% conoce los Objetivos de Desarrollo Sustentable (ODS), y un 67% forma parte de estructuras gremiales activas.

Para Diego Díaz Martín, director general de Vitalis, organización ambiental venezolana con presencia en México y España que colabora con el sector corporativo en el desarrollo de estrategias ESG, cumplimiento ambiental y proyectos de impacto social, la responsabilidad  no puede reducirse a cumplir con lo básico.

“La responsabilidad social y ambiental ya no es un discurso accesorio ni un gesto reputacional. Es un compromiso con las comunidades, con la salud del planeta y con la sostenibilidad del propio negocio”, afirma.

Con base en su experiencia en sostenibilidad empresarial, VITALIS propone un ejercicio de autodiagnóstico con nueve criterios esenciales para que las organizaciones evalúen su desempeño de manera honesta y estratégica:

  1. Reducir el impacto, no sólo medirlo: “Medir no basta; es indispensable actuar”, enfatiza Díaz Martín. La reducción de emisiones, la eficiencia energética y el uso responsable del agua son indicadores clave para avanzar en la economía circular.

2. Cumplimiento ambiental y social: La sostenibilidad comienza con el cumplimiento de la normatividad. Actualizar permisos, auditorías y reportes ambientales debe ser el punto de partida para cualquier plan de acción.

3. Responsabilidad en la cadena de suministro: Exigir prácticas responsables a los proveedores y acompañarlos en su mejora continua fortalece la coherencia corporativa. “La sostenibilidad debe ser coherente en toda la cadena”, sostiene el directivo.

4. Valor compartido en las comunidades: La responsabilidad social es transformación, no publicidad ni greenwashing, por lo que generar capacidades locales y medir el impacto social de los programas comunitarios es clave para lograr resultados duraderos

5. Bienestar interno y equidad: El bienestar interno es sin duda uno de los indicadores más precisos de sostenibilidad, algo que implica equidad de género, inclusión y salud emocional deben estar presentes de manera tangible en la cultura organizacional.

6. Ética y transparencia: Reportar avances con datos verificables, asumir errores y fomentar la diversidad en la toma de decisiones refuerza la credibilidad ante los grupos de interés, pues la confianza se construye con integridad.

7. Innovación ambiental: “La innovación es un indicador directo de compromiso”, apunta Díaz Martín, por lo que incorporar tecnologías limpias y rediseñar procesos hacia modelos más sostenibles fortalece la competitividad y reduce el impacto ambiental.

8. Integrar la sostenibilidad en la estrategia: La sostenibilidad debe formar parte de la agenda directiva, con recursos asignados y métricas claras, ya que si la sostenibilidad no guía decisiones, entonces aún no es estrategia.

9. Inspirar a otros sectores: Compartir buenas prácticas e inspirar a otros actores amplifica el impacto positivo de cada empresa, pues ser responsable también implica elevar el estándar del entorno.

La verdadera grandeza de una empresa no se define únicamente por sus cifras o resultados, sino por su capacidad para generar impactos positivos alineados con el bienestar y la protección del entorno. “La sostenibilidad no es perfección; es coherencia. No es utopía; es dirección”, concluye Díaz Martín.

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La Burbuja Verde: el lado oculto del boom de las energías renovables

(*) Por Nieves Dácil Hernández Lorenzo

El crecimiento acelerado de las energías renovables es una gran noticia para el planeta, pero también plantea una pregunta incómoda: ¿podría este auge convertirse en una nueva burbuja? Esta surge cuando la expansión y las inversiones superan la capacidad real del sistema eléctrico y la sociedad para absorberlas, priorizando proyectos sobre análisis profundos de necesidades reales a largo plazo.

Causas globales de la burbuja verde

Políticas de incentivos generosos, como subvenciones, primas y beneficios fiscales, han atraído capital masivo al sector renovable, pero a menudo no existen planes integrales para conectar estas fuentes al sistema eléctrico global.

La presión mundial por descarbonizar ha canalizado fondos hacia retornos rápidos y en alineación con políticas ESG (ambientales, sociales y de gobernanza), acelerando el crecimiento de estos proyectos. Sin embargo, la falta de inversiones paralelas en redes de distribución y almacenamiento ha generado “vertidos” de energía no consumida, revelando desequilibrios estructurales.

Consecuencias económicas, ambientales y sociales

Este auge trae beneficios, pero también retos serios. Caídas bruscas en la rentabilidad y los paros en instalaciones provocan desempleo y pérdidas en empresas que dependen de subsidios, mientras cambios regulatorios erosionan la confianza inversora.

Ambientalmente, el desarrollo desordenado de proyectos, afecta la biodiversidad y los paisajes; socialmente, se generan conflictos locales por falta de consenso, ralentizando así la transición.

España: liderazgo con luces y sombras

Según datos de Red Eléctrica de España (REE), durante 2024, la generación renovable alcanzó el 56 %, el nivel más alto registrado, aunque también se reportaron picos de vertido solar por falta de almacenamiento suficiente.

El país muestra todos los síntomas de una posible burbuja:

  • Crecimiento instalado por encima de lo planificado, pues la energía fotovoltaica y la eólica superaron en hasta un 85% y 27%, respectivamente, los objetivos nacionales del Plan Nacional de Energía y Clima.
  • Vertidos de la energía renovable no utilizada debido a la saturación en las horas de mayor generación solar.
  • Tensiones sociales y territoriales ya que muchas comunidades critican la falta de planificación y el impacto paisajístico y rural de grandes parques renovables instalados sin consenso.
  • Desconfianza e inestabilidad en el sector debido a la incertidumbre regulatoria por los cambios en primas y subastas.

Cómo evitar una crisis de las renovables

Una transición exitosa exige planificación estratégica pública a mediano y largo plazo, con énfasis en redes inteligentes y almacenamiento para manejar la variabilidad renovable. La coordinación entre autoridades, empresas y ciudadanía es vital, junto a evaluaciones ambientales previas, participación local temprana y reparto equitativo de beneficios y cargas. Combinar visiones globales (acuerdos climáticos) con locales, asegura viabilidad técnica y social.

Ciudadanía informada, energía sostenible

La experiencia española ofrece lecciones para América Latina: planificar sistémicamente previene sobreinstalaciones y conflictos. La transición es colectiva, demandando transparencia y acceso a informes oficiales para una visión crítica. Apoyar innovación en almacenamiento, digitalización y redes inteligentes maximiza la eficiencia, mientras la educación forma profesionales para este motor de empleo. Solo una ciudadanía activa garantizará un futuro sostenible, justo y seguro.

Debemos estar listos para participar ¿realmente lo estamos?

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(*) Ingeniero de los Recursos Naturales Renovables. Experta en gestión de proyectos, desarrollo sostenible y medio ambiente. Facilitadora de procesos en el marco del desarrollo sostenible. Líder Global de Vinculación y Sostenibilidad de Vitalis. Contacto: https://www.linkedin.com/in/nievesdacilhernandez/

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Ecosistema colaborativo, la base para un plan de acción alineado

(*) Por Ana Cristina Pérez Felice

En tiempos donde los desafíos ambientales se intensifican, la necesidad de actuar colectivamente se vuelve urgente. Sin embargo, aún persiste una desconexión entre el impacto individual y el efecto acumulativo que nuestras acciones tienen sobre los ecosistemas, las especies, los mares. Esta brecha de conciencia limita el alcance de los esfuerzos de conservación y dificulta la construcción de soluciones sostenibles.

La protección ambiental no es tarea exclusiva de gobiernos o especialistas. Es una responsabilidad compartida que requiere de la participación activa de ciudadanos, empresas, instituciones educativas, organizaciones sociales y comunidades locales. Cada uno, desde su arista, puede aportar conocimientos, recursos y capacidades que, al integrarse, generan un ecosistema colaborativo capaz de sostener un plan de acción alineado.

Cuando hablamos de conservación, solemos pensar en grandes proyectos o políticas públicas. Pero la realidad es que cada acción cuenta. Desde reducir el uso de plásticos hasta participar en jornadas de limpieza costera, nuestras acciones individuales tienen un impacto directo en nuestros ecosistemas. Muchas veces, no tenemos visibilidad de que ese impacto se multiplica cuando se articula con otros esfuerzos y aliados.

Un ecosistema colaborativo reconoce que la suma de voluntades puede generar transformaciones profundas. Por ejemplo, una empresa turística que adopta prácticas sostenibles, una escuela que educa sobre biodiversidad marina y una comunidad que protege sus playas, están trabajando hacia el mismo objetivo, aunque desde lugares distintos. La clave está en conectar esas iniciativas, compartir aprendizajes y coordinar esfuerzos para diseñar e impulsar un plan de acción alineado. De esta forma, el ecosistema colaborativo no solo coordina esfuerzos, sino que multiplica su impacto en conservación y desarrollo sostenible.

La educación ambiental es el puente que une el conocimiento con la acción. No basta con saber que los arrecifes están en peligro o que el turismo puede ser una fuente de contaminación si no comprendemos cómo nuestras decisiones cotidianas afectan en esos problemas. Por eso, las ONG enfocadas en educación tienen un rol fundamental en este ecosistema colaborativo.

A través de talleres, campañas, contenidos digitales y experiencias vivenciales, se puede fomentar una ciudadanía consciente, capaz de tomar decisiones informadas y de exigir políticas públicas coherentes. Además, la educación permite identificar talentos locales, fortalecer liderazgos comunitarios y promover soluciones adaptadas al contexto.

El sector privado también tiene un papel clave. Las empresas, especialmente aquellas vinculadas al turismo, la pesca o el comercio costero, dependen directamente de la salud de los ecosistemas. Integrar la sostenibilidad en sus modelos de negocio no solo es ético, sino estratégico.

Cuando los negocios se alinean con los objetivos de conservación, se convierten en aliados poderosos. Pueden financiar proyectos, innovar en productos ecológicos, capacitar a sus empleados y sensibilizar a sus clientes. Además, al trabajar junto a comunidades y organizaciones, pueden generar valor compartido y fortalecer su reputación.

Para que este ecosistema colaborativo funcione, es necesario construir un plan de acción que refleje las necesidades, capacidades y aspiraciones de todos los actores involucrados. Este plan debe ser flexible, inclusivo y orientado a resultados. No se trata de imponer una visión única, sino de encontrar puntos de encuentro que permitan avanzar juntos.

La experiencia de organizaciones como Vitalis demuestra que es posible articular esfuerzos diversos en torno a objetivos comunes. Lo importante es establecer canales de comunicación, promover la transparencia, y valorar cada aporte, por pequeño que parezca.

La conservación ambiental no puede seguir siendo una tarea fragmentada. Necesitamos focalizar esfuerzos en conjunto para construir un ecosistema colaborativo donde cada persona, organización y negocio entienda que su rol es parte de un todo. Solo así podremos diseñar y ejecutar un plan de acción alineado, capaz de proteger nuestros ecosistemas, fortalecer nuestras comunidades y asegurar un futuro sostenible.

Un claro ejemplo de Ecosistema Colaborativo es el proyecto Nuestras Costas, Nuestro Futuro donde fundaciones, universidades y comunidades costeras colaboran para proteger ecosistemas marinos. Este proyecto es impulsado por la Unión Europea en colaboración con la Universidad Metropolitana, la Fundación Potabilis y la ONG Vitalis.

Estas organizaciones aliadas crearon un plan de acción alineado con el foco de mejorar la calidad de vida de 5 poblados costeros en La Guaira: Osma, Oritapo, Todasana, Urama y La Sabana. Así se muestra como las alianzas convierten las ideas en acción. Porque cuidar el planeta no es tarea de unos pocos, sino de todos los que creemos en un futuro sostenible.

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(*) Licenciada en Comunicación Social, especialista en Transformación Organizacional tomando la comunicación como vehículo de transformación. Tallerista de escritura consciente para el corazón. Colaboradora de Vitalis Venezuela. Contacto: aperez@vitalis.net / ana@tallocomunicaciones.com

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¿Por qué la sostenibilidad empresarial es el nuevo motor del éxito? El poder del valor compartido

La sostenibilidad empresarial ha pasado de ser un valor añadido a convertirse en el eje fundamental de cualquier organización moderna. Implica unir el éxito económico con el respeto ambiental y el bienestar social, adoptando un enfoque de valor compartido. Ser sostenible exige transformar la empresa más allá del discurso, integrando la responsabilidad en todas sus áreas y midiendo resultados que incluyan impactos sociales y ambientales. Para lograrlo, es clave optimizar recursos, adoptar tecnologías verdes, fomentar la economía circular y crear alianzas estratégicas. Países y mercados demandan cada vez más transparencia y cumplimiento de normativas, lo que convierte la sostenibilidad en motor de innovación y diferenciación.

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Proyecto Urupagua: la ruta agroecológica de los conucos

(*) Por Rita Fereira Hung

Entre montañas y selvas nubladas en el norte septentrional de Sudamérica se encuentra Curimagua, tierra de la Urupagua (Metteniusa nucifera), una fruta endémica de esta región. Curimagua es un pueblo que se siente como tu propio hogar; con abundante naturaleza, generosas familias campesinas y conucos, un sistema agroecológico ancestral que protege al bosque nativo y las variedades locales de cultivos como la caraota y el quinchoncho. En un mundo crecientemente urbanizado y saturado de tecnología, la oportunidad de encontrar una conexión con la naturaleza, es un anhelo que todo ser humano necesita satisfacer.

En ese contexto fue desarrollado “Proyecto Urupagua”, para apoyar a las generaciones más jóvenes de Curimagua a través de la ruta agroecológica de los conucos. Aquí el visitante se conectará con la naturaleza y la  amable, trabajadora y hospitalaria población agrícola y conuquera de Curimagua le abrirá sus brazos para recibirlo y hacerle sentir en casa.

La misión de esta iniciativa es contribuir a generar resiliencia socioeconómica y sociocultural entre los jóvenes agricultores afro indígenas frente al cambio climático en esta región montañosa del Caribe. La visión proyectada es conectar el desarrollo socioeconómico y la preservación de la herencia cultural ‘conuquera’ en esta comunidad afroindígena, co-diseñando junto a la comunidad y de manera transdisciplinaria, una hoja de ruta para desarrollar esta iniciativa, con el liderazgo de los jóvenes agricultores locales. Esta hoja de ruta comprende los espacios y compromisos mutuos adquiridos para la comunicación, capacitación, acción comunitaria y lanzamiento de la ruta de los conucos en el marco de su fase de implementación.

En “Proyecto Urupagua” se brinda una plataforma de capacitación e incentivos para el emprendimiento sostenible vinculado a las prácticas agroecológicas ancestrales, así como al ecoturismo social y ecológicamente responsable; se proporciona un canal para visibilizar y difundir la herencia cultural local, los emprendimientos sostenibles de los jóvenes agricultores y el patrimonio paisajístico-natural de la región.

En “Proyecto Urupagua”, se ha logrado exitosamente la formación de 172 agricultores a través de un ciclo de 4 talleres de contextualización e inducción en guía de senderos interpretativos de la naturaleza; se consolidó un núcleo de trabajo de agricultores agroecológicos a través del primer vivero de café de sombra de tipo “Castillo”, y una hoja de ruta para la regeneración comunitaria de cultivos de sombra; se realizó la demarcación de los primeros 3.5 km de senderos interpretativos en la parroquia Curimagua y se inició la presencia en internet a través de la página web www.curimagua.com y redes sociales.

Por medio de herramientas técnicas y formativas brindadas a la comunidad de Curimagua, “Proyecto Urupagua” ha obtenido el compromiso de los agricultores locales para trabajar en núcleos de emprendimiento sostenible, conformando la base logística comunitaria necesaria para activar la ruta de los conucos donde se busca preservar el patrimonio cultural y ambiental de las comunidades agrícolas rurales de América Latina y El Caribe.

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(*) Ingeniero Químico, cofundadora de geckonsulting y Proyecto Urupagua, con amplia experiencia en desarrollo de proyectos socioambientales. Fue Joven Embajadora Ambiental en el PNUMA (2013) y becaria del programa YLAI (2023). Contacto: https://www.linkedin.com/in/rita-fereira-hung-33b5a0101/

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Gestión Sostenible de Residuos de Aparatos Eléctricos y Electrónicos. Una acción urgente

(*) Por Eduardo Ochoa Perales

La rápida evolución tecnológica y la obsolescencia programada de los dispositivos electrónicos han llevado a un aumento exponencial en la generación de Residuos de Aparatos Eléctricos y Electrónicos (RAEE). Estos residuos, que incluyen desde teléfonos móviles hasta equipos informáticos y electrodomésticos, representan un desafío creciente para las empresas en términos de gestión ambiental y responsabilidad corporativa.

En 2022 se produjo un récord de 62 millones de toneladas (Mt) de desechos electrónicos, un 82% más que en 2010, cantidad que se estima podría llegar a 82 millones de toneladas en 2030. El equivalente a miles de millones de dólares en recursos estratégicamente valiosos desperdiciados y desechados, y sólo el 1% de la demanda cubierta mediante el reciclaje de estos residuos.

Estos datos llevan a mencionar algunas de las razones por las cuales es importante la gestión sostenible de los RAEE:

  1. Cumplimiento Normativo: Las empresas están sujetas a regulaciones cada vez más estrictas en materia de gestión de residuos electrónicos, incluyendo normativas sobre reciclaje, tratamiento y disposición final. Cumplir con estas regulaciones es fundamental para evitar sanciones legales.
  2. Minimización de Impactos Ambientales: Los RAEE contienen materiales peligrosos como metales pesados, plásticos tóxicos y productos químicos nocivos, que pueden contaminar el suelo, el agua y el aire si no se gestionan adecuadamente. Una gestión sostenible de los RAEE contribuye a minimizar estos impactos ambientales y proteger el entorno.
  3. Eficiencia en el Uso de Recursos: Muchos de los componentes de los dispositivos electrónicos son recursos no renovables y tienen un alto costo ambiental y económico asociado a su extracción y producción. Reciclar y reutilizar estos materiales permite conservar los recursos naturales y reducir la necesidad de extracción de nuevas materias primas.
  4. Imagen Corporativa y Responsabilidad Social: La adopción de prácticas sostenibles de gestión de RAEE puede mejorar la imagen corporativa de una empresa y demostrar su compromiso con la responsabilidad social y el cuidado del ambiente. Los consumidores valoran cada vez más a las empresas que demuestran un compromiso con la sostenibilidad.

A medida que aumenta la conciencia sobre la importancia de una gestión adecuada de los RAEE, la demanda de profesionales capacitados en esta área también está en aumento. De allí la necesidad de que las empresas dediquen parte de sus esfuerzos a la formación de su personal en los aspectos esenciales de esta responsabilidad gerencial.

Entre los beneficios de tomar esta decisión están:

  1. Conocimiento Especializado: La formación y capacitación especializada proporciona a los profesionales los conocimientos técnicos y legales necesarios para comprender los desafíos asociados con la gestión de RAEE lo que les permite aplicar las mejores prácticas en su lugar de trabajo.
  2. Cumplimiento Normativo: Las empresas pueden asegurarse de cumplir con las regulaciones locales, nacionales e internacionales relacionadas con la gestión de RAEE, minimizando así el riesgo de multas y litigios.
  3. Eficiencia Operativa: La formación de profesionales en gestión de RAEE permite a las empresas desarrollar procesos más eficientes para la recolección, clasificación, desmontaje y reciclaje de dispositivos electrónicos al final de su vida útil, lo que puede resultar en un ahorro significativo de costos.
  4. Responsabilidad Social Corporativa: La capacitación en gestión de RAEE refuerza el compromiso de la empresa con la responsabilidad social corporativa y mejora su reputación entre los consumidores, empleados y otras partes interesadas.

En esta era donde el uso de equipos y aparatos eléctricos y electrónicos es lo más común, no solo en las empresas sino también en la vida cotidiana, una gestión sostenible de los RAEE es esencial si deseamos minimizar su impacto ambiental, cumplir con las regulaciones y, en el caso de las empresas, fortalecer la imagen corporativa. Por ello es imperativo que estudiantes universitarios, profesionales, técnicos o cualquier persona que se desempeñe en espacios que tengan relación con este tipo de residuos, tengan los conocimientos necesarios para implementar prácticas efectivas de gestión y así contribuir al desarrollo sostenible.

En Vitalis Academy se ofrece una oportunidad de formación en este tema, que permite manejar las bases conceptuales y técnicas, para gestionar en forma más responsable y sostenible estos residuos. Más información a través del siguiente link: https://vitalis.net/talleres-vitalis/ o escribirnos a:  cursosvirtuales@vitalis.net

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(*) Director Ejecutivo Vitalis Venezuela. Líder de GIRH de Vitalis Iberoamérica. Vicepresidente de GWP Venezuela / AveAgua. Contacto: https://bit.ly/EduardoOchoaLinkedin

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Europa busca ser más competitiva a través de la bioeconomía sostenible y circular

(*) Por Diego Díaz Martín, PhD

La bioeconomía se ha erigido como una visión transformadora para abordar los desafíos ambientales y económicos en Europa. En su esencia, se basa en la utilización inteligente de los recursos biológicos renovables, como plantas, animales y microorganismos, para generar productos, energía y servicios. Su enfoque se aleja de la dependencia de los recursos fósiles no renovables y promueve la eficiencia en la producción y el consumo, estableciendo un puente crucial entre la ciencia, la tecnología y la economía.

Esta disciplina abraza principios de sostenibilidad y economía circular. La producción de bienes se plantea de manera que los desechos se convierten en recursos y se reducen al mínimo los impactos ambientales negativos. Al mismo tiempo incrementa la eficiencia y reduce la presión de extracción de recursos naturales.

El tema es tan importante dentro del Consejo de la Unión Europea, que en 2018, una  Comisión encargada de evaluar la aplicación de su Estrategia de Bioeconomía publicó una actualización de la Estrategia en la que se describen formas de acelerar el desarrollo de una bioeconomía sostenible en Europa. Su implementación ha sido revisada en 2022 y 2023, promoviendo la innovación en sectores como la agricultura, la alimentación, la energía y la salud.

La bioeconomía europea se enfoca en la diversificación de fuentes de materia prima, la mejora de la eficiencia en el uso de recursos y la promoción de la investigación y la colaboración interdisciplinaria. Desde la promoción de cultivos sostenibles hasta la producción de bioplásticos y bioenergía, la bioeconomía europea está redefiniendo la manera en que entendemos la producción y el consumo.

En un mundo donde los desafíos ambientales son más evidentes que nunca, la bioeconomía emerge como un faro de esperanza. Su potencial para generar empleo, fomentar la innovación y reducir nuestra huella ecológica es innegable.

Finalmente, es oportuno recordar que la bioeconomía desempeña un papel esencial en el logro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) al impulsar la transición hacia un modelo económico más sostenible y resiliente. Al promover la utilización responsable de recursos biológicos renovables se fomenta la seguridad alimentaria, la reducción de la pobreza y la mitigación del cambio climático. Además, al integrar la investigación, la innovación y la colaboración, la bioeconomía impulsa la creación de empleo, el desarrollo tecnológico y la equidad social, contribuyendo así a un futuro más justo y equilibrado para las generaciones presentes y futuras.

En nuestras manos está continuar explorando y promoviendo soluciones sostenibles que nos encaminen hacia un futuro más justo y equitativo, en armonía con la naturaleza.

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(*) Fundador y Director General de Vitalis. Académico universitario de la Red de Universidades de Anahúac en México. Contacto: www.linkedin.com/in/ddiazmartin

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