(*) Por Agustín Quijada
Un animal inofensivo, confundido con una amenaza, termina agredido por una comunidad que no lo reconoce como parte de su propio entorno. Esto fue lo que ocurrió recientemente en la avenida Costanera de Anzoátegui en Venezuela, donde un tamandúa (Tamandua tetradactyla), conocido también como oso melero o caguaré, fue atacado por residentes locales. El episodio no es un hecho aislado: es el síntoma de una relación rota entre la sociedad y la fauna silvestre.
El tamandúa es un guardián silencioso de los bosques y sabanas. Se alimenta casi exclusivamente de hormigas y termitas, ayudando a controlar sus poblaciones sin destruir los nidos por completo, lo que permite que las colonias se recuperen. Es un aliado ecológico, no un enemigo. Sin embargo, su apariencia —con garras prominentes y un pelaje que en algunos casos parece un “chaleco” oscuro— suele generar miedo en quienes no lo conocen.
Este miedo, alimentado por la desinformación, tiene consecuencias letales. Cuando la frontera urbana se expande sin planificación, los animales silvestres se ven forzados a cruzar vías y zonas pobladas en busca de alimento o refugio. Y cuando aparecen en nuestras calles, la respuesta habitual no es la curiosidad ni la protección, sino la agresión.
Lo ocurrido en Anzoátegui revela una falla crítica: no sabemos convivir con la biodiversidad que nos rodea. Vemos lo desconocido como amenaza, y reaccionamos con violencia en lugar de buscar ayuda. Pero hay una diferencia fundamental entre un animal peligroso y un animal asustado. El tamandúa no ataca; huye. Sus garras no son armas, son herramientas para trepar y romper termiteros.
Cada vez que agredimos a un ejemplar como este, no solo perdemos un individuo: debilitamos el equilibrio de todo un ecosistema. Y más grave aún, normalizamos la idea de que la fauna silvestre es un obstáculo para el desarrollo, cuando en realidad es parte fundamental de nuestro hogar común.
En Venezuela, proteger a estos animales no es solo un acto ético: es un deber legal. La Ley Penal del Ambiente tipifica como delito la caza furtiva y la destrucción de hábitat, con penas que pueden incluir prisión. La Ley de Protección a la Fauna Silvestre regula la conservación de especies nativas y establece sanciones severas para quienes las persigan o maten. Agredir a un tamandúa no es “defender la comunidad”: es cometer un crimen ambiental.
Pero más allá de las leyes, lo que necesitamos es un cambio de mirada. La próxima vez que veas un animal silvestre en la ciudad, recuerda: no es una plaga, es un vecino. Y tu reacción puede marcar la diferencia entre su vida y su muerte.
Mantén la distancia. No lo toques. No lo alimentes. Y contacta de inmediato a las autoridades ambientales o a los cuerpos de rescate.
Desde Vitalis, acompañamos iniciativas que buscan transformar esta relación. Por eso te invitamos a conocer y sumarte a nuestra campaña “Tu casa no es su Casa ”, diseñada para sensibilizar sobre la importancia de respetar los espacios de la fauna silvestre y aprender a coexistir sin violencia.
El tamandúa de Anzoátegui no pidió estar en medio de una avenida. Pero nosotros sí podemos elegir cómo responder. La próxima vez, elige proteger.
(*) Licenciado en Biología, Especialista en Manejo de Fauna Silvestre, con experticia en Tráfico de Fauna, Normas legales Ambientales y Proyectos de conservación de especies en Peligro de extinción. Colaborador de Vitalis dentro del Proyecto «Nuestras Costas, Nuestro Futuro». Contacto: @agustinqh.






