(*) Por Yoliangel Rivas Orta
Los primeros ocho meses de 2026 han estado marcados por olas de calor, incendios, lluvias extremas, inundaciones, sequías y graves alteraciones en ecosistemas y regiones de alta montaña. Más allá de cada evento particular, esta sucesión de extremos plantea una pregunta que debería ocupar un lugar central en la COP31 sobre Cambio Climático, que se celebrará en noviembre de 2026 en Antalya, Turquía: ¿están los países preparados para un clima cada vez más desafiante?
La evidencia disponible muestra una considerable brecha entre las necesidades de adaptación de los países en desarrollo y los recursos financieros actualmente aprovechables.
Los datos son contundentes. Según el IPCC, la temperatura media global de la superficie terrestre entre 2011 y 2020 fue aproximadamente 1,1 °C superior a la de la era preindustrial. La Organización Meteorológica Mundial confirmó en marzo de 2026 que los once años entre 2015 y 2025 fueron los más cálidos registrados en la historia moderna.
El desafío, por tanto, consiste en avanzar de manera equilibrada en materia de mitigación y adaptación, asegurando los medios de implementación necesarios para hacer frente a los crecientes riesgos climáticos. La evidencia muestra que distintas amenazas pueden coincidir, interactuar y multiplicar sus efectos. Esto exige dejar atrás una visión reactiva basada exclusivamente en la reconstrucción posterior a los desastres.
Los números ayudan a entender la magnitud del desafío. Tras el colapso de un glaciar ocurrido el 26 de agosto y las inundaciones y flujos de detritos que desencadenó, las autoridades de Nepal estimaron que las necesidades de reconstrucción podrían ascender a entre 4.000 y 5.000 millones de dólares: cerca del 10% de la economía del país. Incluso estimaciones más conservadoras hablan de 2.560 millones en pérdidas de bienes, viviendas e infraestructura.
Después de los nuevos objetivos financieros acordados en las COP recientes, la discusión ya no puede centrarse únicamente en cuánto financiamiento se moviliza, sino también en su accesibilidad, calidad, oportunidad y capacidad para convertirse en acciones concretas.
Los primeros ocho meses de 2026 nos han mostrado que el cambio climático no es un problema del futuro. Está ocurriendo ahora, y el costo de la inacción crece con cada evento extremo.
La COP31 no puede ser otra reunión más donde se repiten compromisos sin seguimiento. Debe ser el momento en que los países demuestren que pueden traducir las promesas en protección real para las comunidades.
Al final, la pregunta no es si tenemos los recursos para actuar. La pregunta es si tendremos la voluntad de usarlos antes de que sea demasiado tarde.
(*) Economista, Magister en Política Exterior de Venezuela y especialista en financiamiento climático, con 20 años de experiencia en negociaciones ambientales multilaterales. Colaboradora de Vitalis. LinkedIn: www.linkedin.com/in/yrivasorta
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