(*) Antonio Veiga
El Acuerdo de París cumple una década en un momento clave para la humanidad. A pesar de los compromisos asumidos, el planeta continúa alejándose de la meta de limitar el calentamiento global a 1,5 °C. Las recientes COP28 y COP29 reflejan avances importantes, pero también una brecha preocupante entre los anuncios y las acciones concretas.
La COP28, celebrada en Dubái (del 30 de noviembre al 13 de diciembre de 2023), fue la primera en aplicar el mecanismo del Balance Mundial, un diagnóstico colectivo sobre el cumplimiento del Acuerdo. El resultado fue claro: los esfuerzos actuales son insuficientes. Aunque se logró un histórico reconocimiento sobre la necesidad de abandonar los combustibles fósiles, la falta de plazos vinculantes debilitó su impacto. No obstante, se alcanzó un acuerdo para triplicar la capacidad instalada de generación de energías renovables y duplicar la mejora en eficiencia energética para el año 2030, compromisos que podrían marcar un punto de inflexión si se implementan con coherencia y financiamiento adecuado.
La COP29, realizada en Bakú, Azerbaiyán (del 11 al 22 de noviembre de 2024), centró su agenda en la financiación climática. Se acordó movilizar 300.000 millones de dólares hacia los países en desarrollo, cifra que, si bien relevante, fue considerada insuficiente por muchas naciones de ingresos bajos y medios, especialmente aquellas ubicadas en África, América Latina, Asia y otras regiones del llamado Sur Global. La falta de consenso en la distribución equitativa de esos fondos generó tensiones, y las demandas de justicia climática siguen sin ser atendidas plenamente.
En este contexto, resurge un elemento de alta preocupación: la inestabilidad política de Estados Unidos frente al Acuerdo. En enero de 2025, una nueva orden ejecutiva de la administración Trump inició el proceso de retirada de EE. UU., como ya ocurrió en su anterior mandato. Esta decisión debilita los compromisos multilaterales y pone en riesgo el financiamiento climático global, dado el peso económico y político del país.
Mientras tanto, algunas regiones muestran señales alentadoras. La Unión Europea avanza en su transición energética con regulaciones ambiciosas. España, Francia y Alemania fortalecen sus hojas de ruta climáticas. En América Latina, países como Chile, Colombia y Costa Rica consolidan políticas de sostenibilidad, pese a las limitaciones estructurales y presiones internas.
Con la mirada puesta en la COP30, que se celebrará en Belém, Brasil, en noviembre de 2025, el mundo espera un momento definitorio. La cumbre, en el corazón de la Amazonía, representa más que un evento simbólico. Se espera que los países presenten nuevas Contribuciones Nacionales más ambiciosas, basadas en ciencia, justicia climática y participación social. Además, se anticipa un papel más activo de los países amazónicos en la defensa de sus territorios y en el liderazgo ambiental global.
El planeta no necesita más promesas, sino acciones coordinadas, equitativas y sostenidas. La COP30 puede ser la oportunidad de reconstruir la confianza en el Acuerdo de París, pero ello dependerá de decisiones valientes y solidarias. El tiempo apremia y la ciudadanía mundial lo sabe.
Para una mirada retrospectiva de este tema te invitamos a leer el artículo “¿Qué se puede esperar de la Cop26 sobre Cambio Climático?” y si quieres revisar la relación de este tema con la movilidad no te pierdas el artículo “Globalización, movilidad y cambio climático: Acuerdo de París, la ruta“
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(*) Doctor en Educación Ambiental, consultor en sostenibilidad y calidad educativa, especialista en rankings universitarios y análisis de datos. Colaborador de Vitalis. www.linkedin.com/in/drantonioveiga
