(*) Por Argenis Marquina Pérez
Cuando pensamos en protección ante desastres, solemos imaginar muros, refugios o sistemas de alerta. Pero hay otra forma de protección que a veces pasa desapercibida: el paisaje. Las laderas con vegetación, los cauces de agua y las zonas naturales cumplen funciones que ayudan a reducir los efectos de lluvias intensas, deslizamientos e inundaciones.
Cuidar esos espacios no es solo una decisión ambiental. Es también una forma de proteger vidas, hogares y comunidades. La experiencia de La Guaira, donde montaña y mar se encuentran muy cerca, muestra con claridad por qué el paisaje debe formar parte de cualquier plan de prevención y reconstrucción.
Las laderas y los cauces no son espacios vacíos
Muchas veces vemos una ladera como un terreno disponible para construir o un cauce como un área que “estorba”. Sin embargo, ambos forman parte de un sistema natural que ayuda a manejar el agua y a mantener el equilibrio del territorio.
Los cauces permiten que la lluvia encuentre un camino. Si se tapan con escombros, basura o construcciones, el agua busca otras rutas y puede provocar inundaciones. Las laderas, cuando conservan su vegetación y no se ocupan de forma desordenada, ayudan a sostener el suelo y a reducir el riesgo de deslizamientos.
Cuando alteramos estos espacios, los problemas no desaparecen: se trasladan. Una lluvia fuerte puede provocar un deslizamiento; ese deslizamiento puede bloquear un cauce; y un cauce obstruido puede inundar zonas más abajo. Por eso, proteger el paisaje es también proteger a las personas.
La Guaira: un ejemplo que nos enseña
En La Guaira, las laderas, los cauces y las zonas costeras forman parte de un mismo sistema. Lo que ocurre en las partes altas puede afectar a las comunidades ubicadas cerca del mar, y lo que se construye en las laderas puede influir en el comportamiento del agua durante las lluvias.
Por eso, la reconstrucción de zonas afectadas por desastres no puede limitarse a reparar carreteras, viviendas o servicios. También debe identificar los cauces que deben permanecer libres, las laderas que requieren protección y las áreas donde la ocupación aumenta el riesgo.
Cuidar estos espacios no significa frenar el desarrollo. Significa decidir dónde y cómo construir, respetando los límites que la naturaleza ya marca.
Aprender junto a las comunidades
En cinco comunidades costeras de la parroquia Caruao —Osma, Todasana, Urama, Oritapo y La Sabana—, el proyecto “Nuestras Costas, Nuestro Futuro”, ejecutado por la Universidad Metropolitana, Vitalis y la Fundación Potabilis con financiamiento de la Unión Europea, promueve precisamente esa mirada integral. La iniciativa busca proteger el ambiente, conservar la biodiversidad, mejorar el acceso a agua segura y fortalecer la participación de las comunidades en el cuidado de su territorio.
Este tipo de experiencias demuestra que la protección del paisaje no puede depender solo de especialistas o autoridades. Requiere que las personas reconozcan el valor de los cauces, las laderas y los ecosistemas costeros, y que participen en decisiones que afectan su bienestar. La educación ambiental, el monitoreo comunitario y la creación de medios de vida sostenibles son herramientas para convertir la prevención en una práctica cotidiana.
Cuando el paisaje enseña
Las huellas que dejan los desastres tales como grietas, cambios en el terreno, zonas afectadas por deslizamientos, también pueden convertirse en una oportunidad para aprender. No se trata de convertir la tragedia en un espectáculo, sino de usar esa memoria para comprender mejor los riesgos.
Señales informativas, recorridos educativos y actividades comunitarias pueden ayudar a que residentes y visitantes reconozcan zonas de cuidado, entiendan por qué no deben taparse los cauces y valoren la importancia de mantener las laderas protegidas.
La verdadera prevención no depende solo de construir más infraestructura. También depende de conservar los elementos naturales que nos ayudan a reducir los riesgos.
La próxima vez que veamos una ladera, un cauce o una zona verde, vale la pena recordar que no son espacios vacíos. Son parte de nuestra seguridad. Y cuidarlos es una forma concreta de construir comunidades más preparadas y un futuro más seguro.
El paisaje puede enseñarnos mucho, si aprendemos a leerlo.
(*) Geógrafo, con Máster en Desarrollo Urbano Local y Doctor en Geografía. Profesor universitario con más de 20 años de experiencia docente, investigador en ordenación del territorio y paisaje. Contacto: argenismarquinaperez2@gmail.com
Complementa esta visión leyendo el artículo «Ordenar el territorio antes de reconstruir: la lección que dejan los sismos en La Guaira«






