(*) por Diego Díaz Martín

Quienes llevamos muchos años trabajando por el ambiente sabemos que 2025 no fue un año fácil. La crisis climática siguió apretando, la biodiversidad continuó perdiendo terreno y los recursos naturales estuvieron, una vez más, bajo presión. Por supuesto, hubo momentos de cansancio, de frustración y de preguntas incómodas.

Pero también hubo algo distinto, pequeñas y grandes señales de que el esfuerzo empieza a valer la pena.

Estas son algunas de las victorias ambientales que dejó 2025 y que, al menos a mí, me recuerdan por qué seguimos aquí.

La energía empezó a cambiar de verdad

Durante años hablamos de la transición energética como una promesa. En 2025, por primera vez, las energías renovables superaron al carbón en la generación eléctrica mundial, lo cual o es el final del problema, pero sí un punto de inflexión que muchos pensábamos que tardaría más en llegar.

En lugares como el Reino Unido, la generación eólica pasó a ser la principal fuente de electricidad y el carbón quedó casi fuera del sistema. Ver infraestructuras de almacenamiento energético funcionando, y países ajustando sus metas climáticas con mayor seriedad, dejó claro que el cambio ya no es solo discurso.

Los océanos dejaron de ser tierra de nadie

Otro momento clave del año fue el avance del Tratado Global de los Océanos, pues tras años de negociación, por fin se alcanzaron las ratificaciones necesarias para que entre en vigor.

Esto significa algo enorme: por primera vez podremos proteger zonas del océano que no pertenecen a ningún país, pero de las que depende la vida marina y, en buena medida, la nuestra. No es exagerado decir que este acuerdo marca un antes y un después en la forma en que entendemos la protección del mar.

Más tierra protegida y mejor conectada

En tierra firme también llegaron buenas noticias. Colombia dio un paso contundente al declarar toda su Amazonia como reserva de recursos naturales, cerrando la puerta a nuevos proyectos petroleros y mineros en casi la mitad de su territorio. No es poca cosa en un mundo que sigue apostando por la extracción.

En Asia Central, Kirguistán creó un enorme corredor ecológico que conecta áreas protegidas y permite que los ecosistemas de montaña respiren un poco mejor. En otros rincones del planeta, se ampliaron áreas protegidas y se reforzaron corredores biológicos que llevaban años en papel.

La naturaleza responde cuando la dejamos hacerlo

Una de las lecciones más antiguas del ambientalismo volvió a confirmarse en 2025: cuando bajamos la presión, la naturaleza responde.

La restauración de manglares, la protección de hábitats marinos y los proyectos comunitarios en zonas costeras empezaron a mostrar resultados reales. En Europa, por ejemplo, iniciativas como LIFE Lynx siguieron demostrando que es posible recuperar grandes mamíferos y reconectar paisajes fragmentados, mientras que tanto en América como en Europa los pasos de fauna y la gestión forestal redujeron atropellos y fortalecieron bosques y cuencas.

No son milagros. Son años de trabajo constante dando frutos.

Respirar mejor empezó a ser una prioridad global

Por primera vez, el G20 habló explícitamente de calidad del aire como un tema central. Puede parecer obvio, pero no lo es, ya durante demasiado tiempo se trató como un problema secundario.

En paralelo, la Asamblea Mundial de la Salud respaldó una hoja de ruta ambiciosa para reducir a la mitad las muertes prematuras por contaminación del aire hacia 2040. Algunos países incluso adelantaron sus compromisos para cumplir antes con los estándares más estrictos de la OMS. Respirar aire limpio empezó, por fin, a tomarse en serio.

Derechos y ambiente: un vínculo cada vez más claro

Otro avance silencioso, pero importante, fue el fortalecimiento del vínculo entre derechos humanos y conservación. Creció el apoyo a la gestión indígena de territorios clave, especialmente en la Amazonia y el Ártico, reconociendo algo que las comunidades llevan siglos diciendo: cuidar la naturaleza también es cuidar a las personas.

Además, más financiamiento climático empezó a integrar salud y calidad del aire, entendiendo que la acción ambiental no es solo ecológica, sino profundamente social.

Nada de esto resuelve la crisis ambiental por sí solo,ería ingenuo pensarlo. Sin embargo, después de tantos años viendo retrocesos, 2025 dejó señales claras de que cuando hay voluntad, cooperación y constancia, las cosas sí pueden cambiar.

No todo está perdido. Y eso, para quienes llevamos tiempo en esto, ya es una victoria que vale la pena contar.

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